
En esos tiempos las calles eran oscuras y
tenebrosas, excepto cuando el astro de la noche mostraba su faz cadavérica en
la comba azul del cielo. Ni un farol, ni un mechero disipaban siquiera las
densas tinieblas. Los ranclistas andaban a saltos y trompicones, yendo más de
una vez a dar de bruces, no diremos contra el pavimento, que no se lo conocía,
sino contra los abundantes chaparros, y eso cuando no quedaban emparedados en
la plazoleta de la Concepción pues tan “pesado” era ese lugar que quien ahí
llegaba a altas horas de la noche no tenía punto de salida y permanecía
castañeando los dientes, hasta cuando la rosada aurora principiaba a perfilarse
en el oriente. Y eso que en sus cercanías estaban recluidas las virtuosas
monjas conceptas quienes con sus constantes oraciones y plegarias ahuyentaban
del contorno del monasterio al espíritu infernal, pero éste tenía siempre en
jaque a trovadores y tunantes, que daban vueltas y revueltas para no
encontrarse con la “Luterana” quien dizque acostumbraba instalarse en el brocal
de las pilas, en espera de dar un mal rato a algún despreocupado trasnochador,
que acostumbraba poner los pies en polvorosa, cuando percibía los lúgubres
toques de la “caja ronca”, anunciadora de estar muy cerca la mujer misteriosa.
Pero como de todo hay en el mundo
no sólo tímidos, sino también hombres de pelo en pecho, capaces de desafiar, no
sólo al mismísimo Lucifer del alba, sino a la luna que sigue, según Saavedra su
imperturbable carrera cuando le ladran los perros, uno de esos, Juan sin Miedo,
se puso de propósito, previo el requisito de trasegar al estómago unas tantas
copitas de “quita pesares”, alumbrándose más de lo permitido por las leyes de
la templanza, buscar a la Luterana y entrar en comunicación con ella, hasta
darse cabal cuenta de si era de ésta o de la otra vida. Efectivamente, la
encontró arrebujada en un largo manto, cubierto el rostro y sentada en el borde
de la pila, situada en la esquina San José, hoy evocada con el nombre de El
Coco; se acercó a la desconocida y en tono un tanto burlesco y pleno de
picardía le solicitó una “muchita”…
“Sígame” le respondió e
incontinente, con aire gentil y garboso, con talle cimbreante, se adelantó con
dirección al Tahuando.
WOWque MIEDO
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