lunes, 13 de octubre de 2014

Leyendas De Ecuador [LA LLORONA.]

Cuenta la leyenda que ella salió de su casa para buscar algo mejor pues toda su familia era muy pobre y no les alcanzaba ni para comer, así que se fue a buscar un trabajo donde vivían los ricos, en una casa la dejaron entrar como empleada doméstica, ella era muy servicial y responsable, era bien tratada por sus amos. 

Con el pasar del tiempo el hijo mayor de sus amos iba en las noches hasta su cuarto para enamorarla hasta que abusó sexualmente de ella. Él le indicó que le contara a nadie lo que había sucedido o la botarían de la casa. Ella nunca dijo nada pero había quedado embarazada y eso no lo pudo ocultar por mucho tiempo. Los amos al enterarse la botaron de la casa y a ella no le quedó más remedio que regresar a su casa pero también la botaron pues era indigno y pecaminoso embarazarse sin haberse casado. 

Ella se ocultaba por los árboles cerca de un río hasta que parió, con mucho dolor y vergüenza arrojó al bebé por el río recordando que todos la señalaban por cometer ese pecado. 

El eterno penar de la LLORONA se debe a que aún busca a ese hijo pues se arrepiente de haberlo tirado al río y parte de su penitencia es castigar a los muchachos que andan de amores prohibidos sólo con mirarlos o acercándose a ellos dándoles un abrazo mortal. 

Se la llama “LA LLORONA” por sus gemidos aterradores además suele escucharse cerca del río que ella grita sin cesar Dónde está mi hijo? Devuélveme a mi hijo!!! A veces esto enloquece también a los animales.

En otros relatos las llorona se presenta como un ser inofensivo que necesita consuelo y ayuda, despertando piedad en la gente que, cuando se acerca  a consolarla, les roba todas sus pertenencias.

LA LUTERANA

Esta era una mujer que infundía pánico y terror a los trasnochadores, quienes se pasaban de claro al pie de la ventana de sus enamoradas cantando al son de la guitarra sus endechas amorosas, con tantos requiebros que, según la leyenda al oírlas, partían el corazón más duro de las bellas chiquillas, si duro pueden tener quienes fueron creadas para la felicidad del sexo feo.
En esos tiempos las calles eran oscuras y tenebrosas, excepto cuando el astro de la noche mostraba su faz cadavérica en la comba azul del cielo. Ni un farol, ni un mechero disipaban siquiera las densas tinieblas. Los ranclistas andaban a saltos y trompicones, yendo más de una vez a dar de bruces, no diremos contra el pavimento, que no se lo conocía, sino contra los abundantes chaparros, y eso cuando no quedaban emparedados en la plazoleta de la Concepción pues tan “pesado” era ese lugar que quien ahí llegaba a altas horas de la noche no tenía punto de salida y permanecía castañeando los dientes, hasta cuando la rosada aurora principiaba a perfilarse en el oriente. Y eso que en sus cercanías estaban recluidas las virtuosas monjas conceptas quienes con sus constantes oraciones y plegarias ahuyentaban del contorno del monasterio al espíritu infernal, pero éste tenía siempre en jaque a trovadores y tunantes, que daban vueltas y revueltas para no encontrarse con la “Luterana” quien dizque acostumbraba instalarse en el brocal de las pilas, en espera de dar un mal rato a algún despreocupado trasnochador, que acostumbraba poner los pies en polvorosa, cuando percibía los lúgubres toques de la “caja ronca”, anunciadora de estar muy cerca la mujer misteriosa.
Pero como de todo hay en el mundo no sólo tímidos, sino también hombres de pelo en pecho, capaces de desafiar, no sólo al mismísimo Lucifer del alba, sino a la luna que sigue, según Saavedra su imperturbable carrera cuando le ladran los perros, uno de esos, Juan sin Miedo, se puso de propósito, previo el requisito de trasegar al estómago unas tantas copitas de “quita pesares”, alumbrándose más de lo permitido por las leyes de la templanza, buscar a la Luterana y entrar en comunicación con ella, hasta darse cabal cuenta de si era de ésta o de la otra vida. Efectivamente, la encontró arrebujada en un largo manto, cubierto el rostro y sentada en el borde de la pila, situada en la esquina San José, hoy evocada con el nombre de El Coco; se acercó a la desconocida y en tono un tanto burlesco y pleno de picardía le solicitó una “muchita”…

“Sígame” le respondió e incontinente, con aire gentil y garboso, con talle cimbreante, se adelantó con dirección al Tahuando.

ACCIDENTE EN EL ABISMO


En un lugar de la Sierra Ecuatoriana donde la carretera circula entre montañas y grandes abismos, un matrimonio con su hijo avanzaban con cautela en el coche. Era una noche con mucha niebla y el viaje era muy peligroso.

Regresaban de un viaje en la montaña y se dirigían a su casa por una carretera, poco transitada. De pronto se les apareció una mujer en medio de la carretera con el cuello y la ropa llenos de sangre gritando para que parasen. La familia paró y el marido se bajó del coche. Entonces habló con la mujer que, muy alterada y llorando, le dijo que habían tenido un accidente y que se habían caído con el coche por el barranco. La mujer le rogó que la ayudara, que tenía un bebé y se había quedado atrapado entre los hierros del coche, que bajara y lo sacara de allí.


El hombre cogió su equipo de montaña y se puso a bajar por el barranco. Al rato subió muy nervioso con el bebé en brazos y le preguntó a su esposa dónde estaba la mujer. Esta le respondió que se había sentado en una piedra grande que había allí en la carretera, pero cuando miraron ya no estaba. Entonces el hombre se metió rápidamente en el coche con el bebé y le dijo a su mujer que hiciera lo mismo. Arrancó el coche y se fueron. Su mujer, muy enfadada, le preguntó que por qué se iba con el bebé, que por qué no habían buscado a la mujer, el marido le dijo que se tranquilizara y que cuando llegaran a su casa le contaría.

Cuando llegaron, la mujer le pidió explicaciones a su marido. Este le contestó que cuando bajó y cogió al bebé vio a la mujer muerta, el accidente había sido brutal y su cuerpo estaba cubierto de sangre y el cinturón de seguridad enredado a su cuello.

El espíritu de la mujer era el que le había pedido ayuda para que salvaran a su hijo.

LA MUJER QUE ENGAÑO AL DIABLO.



Este personaje siniestro, por doquier acudía a este mundo, para llevarse las almas de los pecadores.

Mama Guada, que sospechaba de las habilidades del diablo y que conocía sus intenciones, un día se dio cuenta que el mismo se encontraba cerca de su cantina; en búsqueda del alma perdida de un hombre que ya bebía aguardiente algunos días y que había abandonado su casa.

La mujer esperó el momento oportuno y para sorpresa del diablo, salió de su escondite, sin darle tiempo a que reaccione.

El diablo exhausto y asustado, interrogó a la mujer, que ¿cómo se llamaba?, que ¿quién era?, contestando la misma ¡Mamá Guada!

No podía salirse del asombro!, nadie antes había conseguido engañarle y descubrirle.
Mamá Guada no contenta, aprovechó la oportunidad para reprocharle, humillarle y hacerle ver lo mal que se había portado y las maldades que cometía, para que reflexionara.

El diablo agachó la cabeza, se sentó en una silleta, avergonzado y cabizbajo, estaba sudando y enrojecido.

Se cubrió el rostro con las manos, casi lloraba, hasta que imploró para que Mamá Guada, callara en sus acusaciones.

Mamá Guada, hábilmente le hizo prometer al diablo que desde ese instante tendría que ser más benevolente, un poco más comprensivo y que sólo así podía irse y regresar al infierno con un poco de calma… El diablo apenas pudo, salió a carreras.
Desde ese entonces, cuentan que el diablo es menos malo y que no se le ha vuelto a ver más rondando por las inmediaciones del pueblo.

EL SÉPTIMO PISO.


Esto es real es más que una leyenda urbana. La locura es muy peligrosa en esta y en la otra vida. 

Bien se sabe que en los hospitales hay muchas historias pues es un umbral de la muerte, mientras se esta acostado en una camilla personas con batas blancas a tu alrededor de ellos tienen el control de tu vida y cada decisión que toman puede ser benéficas o fatales para ti. 


La historia comienza en un séptimo piso de un hospital, todo era normal nada fuera de lo común pero un día una enfermera sufrió la perdida de su esposo e hijos, dejándola sola llegó a pensar que había ocurrido por estar demasiado tiempo atendiendo a los enfermos. 


Ella culpaba a los enfermos por su pérdida, buscó venganza en cada habitación y la situación de salud de los pacientes empeoraba y morían uno tras otro. Nadie sabía que es lo que ocasionaba la muerte de los pacientes. 


Un día un doctor sorprendió a esta enfermera suministrando un medicamento dañino a un paciente, trató de detenerla pero ella se dio a la fuga, en su intento de escapar no encontró salida y se refugió en el cuarto de limpieza, se ocultó en la esquina de aquel cuarto y se cortó las venas, se suicidó. 


Pasó el tiempo y todo paciente que era atendido en el séptimo piso moría por situaciones desconocidas; un paciente grito histéricamente, fue atendido de inmediato al verlo el estaba aterrorizado pues dijo haber visto una enfermera con aspecto pálido, varios pacientes doctores y enfermeras habían visto lo mismo. Así que los dueños del hospital no tuvieron más remedio que clausurar el séptimo piso. 


Esto es real, aun el piso esta clausurado y si vas por el elevador al presionar el numero 7 hace caso omiso y no se puede parar en la planta. Por las escaleras las puertas están selladas para que nadie pase.